Discontinuidad marginal del copiar
"Empezar
Cuestionárselo.
Delicado, aterrador.
Temo al querer decirlo.
Desespero, esta perplejidad de mis manos se tornan trémulas al querer escribir.
Desasosiego, producto de una contradicción en mí.
El hecho
Si nuestras vidas son un sueño o poseen la esencia de un sueño.
Dijeron antes “Estamos hechos de la misma materia que los sueños”.
Pero
¿Seguimos siendo reales en el sueño, acaso somos reales?
O ¿sólo somos soñadores?
¿Hay algo en lo que nos podamos comparar, existe algo que podamos comparar para verificar si somos reales, o no somos un sueño de otros?
Por qué estas preocupaciones.
La respuesta
Reflejo del ‘me limitaré’.
Las imágenes me llevaron al punto de separarme de estas realidades.
Interrumpido por un enorme cuchillo que brillaba como el oro sobre el opaco asfalto.
Pensé que me serviría de algo y lo guardé en mi mochila.
Entré a la habitación, sigilosamente me acosté.
Puse la mochila lejos.
Recordé el cuchillo brillante como oro, lo saqué y al estar contemplando el arma, tuve la impresión como si una especie de transformación onírica empezara a sujetar el espacio-entorno
Me deje llevar.
La habitación se fue transformando.
Paredes cubiertas de papeles grises, el espejo viejo bien oxidado y una chimenea blanca a la que se le desplomaba la pintura.
Por el lado izquierdo, la pared opuesta de la chimenea, aparecía en lugar de esta, un gato oscuro de ojos amarillos como el cuchillo despampanante, y un hocico empapado en leche color sangre, que sabía bien, era leche, pero ese color salía de sus fosas nasales, o de sus dientes quizás.
Lo peor
También había pájaros gigantes, bien oscuros como la noche que aparecían sobre los bordes de unas ventanas que no existían porque detrás de los marcos estaban los ladrillos color cobre
Y un enorme hombre
Sin piernas
Que desde un rincón me hacía señas con los ojos, me guiñaba, pareciera como si me hablara con ese par de huevos de ciego.
Los brazos a un lado como muertos.
Luego los graznidos de los pájaros
Me desesperaba ese hombre de la esquina olvidada.
Me instigó a tomar el cuchillo.
Me acerqué a él, miré sus ojos de ciego, puse mis manos derecha e izquierda sobre sus cabellos enmarañados y pegoteados de lo sucio, polvoroso, sentí la pintura blanca de la chimenea sobre sus cabellos, como si hubiera estado ahí muchísimos años.
Le introduje el cuchillo en el pecho; en el pecho, en la pierna, en los brazos, rasgándolo con fuerza como cerdo.
El hombre no emitía sonido.
En el vientre, se lo clavé tantas veces.
Entonces, despierto.
Espantado por el suceso onírico.
Y me encuentro empapado en sangre.
Sangre roja, no verde como la de aquel hombre.
Y aun no se, no se a quien le clave el cuchillo frondoso y despampanante en brillos."
FLORA
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