No se dejan de mover
"Lo espectral de la copa, mas las letras y los números que hacen que el niño precoz se emocione y de llantos y risas se deba tomar un baño de agua fría para aliviar lo que aun no entiende. El grito de madre que en un Edipo incoherente con su hijo lo golpea, lo sumerge, le grita, lo zamarrea, su objeto, su cachorrito de experimentación y compañía.
El tiempo los involucra. Ella lo saluda con un chupón para sus tibios labios de niño. Lo babea, le mete la lengua, sin poder introducírsela a su padre-marido, deja en él lo que sus hechos no han logrado hacer; calentar a su padre mostrándole los pechos en forma de botones adolescentes.
Aun siente el agua que se le metió en los oídos cuando su madre apresurada lo sumergía para que su padre no se entere, de la emoción eyaculadora del pequeño infante.
El valiente, que al crecer se aleja de a pasos, de esos monstruos enajenados que le han perturbado su niñez, que no lo ha sido, ha sido el soportar sus pesares.
Golpear las muñecas, sacarle los pelos a las barbis, cortarse las piernas con un cuter, comerse las uñas hasta que sangraran.
Le pica un mosquito la cara y siente el retroceso de infante y se cuestiona el por qué se cree, que hay razón del deber de obedecer."
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